Cuando hablo de radicales libres en el cuerpo en consulta, suelo empezar desmontando una idea muy extendida: no son “malos” por definición. El problema aparece cuando se producen en exceso y el organismo pierde la capacidad de neutralizarlos. Ahí es cuando hablamos de estrés oxidativo, un proceso silencioso que puede influir en cómo nos sentimos a diario.

A lo largo de los años he visto a muchas personas con fatiga, inflamación leve, niebla mental o envejecimiento prematuro que no encajaban en un diagnóstico concreto. Entender el papel de los radicales libres ayuda a conectar muchas de esas piezas.
Los radicales libres son moléculas inestables que se generan de forma natural en el organismo, sobre todo cuando producimos energía. Tienen un electrón “desparejado” y buscan estabilizarse reaccionando con otras moléculas, lo que puede dañar células, proteínas o ADN.
Este proceso es normal y necesario. El cuerpo cuenta con sistemas antioxidantes propios para mantener el equilibrio. El problema surge cuando la balanza se inclina y se generan más radicales libres de los que podemos neutralizar.
En la práctica clínica, pocas veces el origen es una sola causa. Normalmente veo una suma de factores mantenidos en el tiempo:
No es algo puntual, sino la repetición diaria lo que acaba marcando la diferencia.
Cuando los radicales libres se acumulan, pueden favorecer:
Muchas personas normalizan estos efectos porque aparecen poco a poco. En consulta es habitual escuchar: “Siempre me he sentido así”, sin relacionarlo con un proceso biológico concreto.
El impacto no se limita a un solo órgano. Los radicales libres pueden influir en distintos sistemas:
Por eso, cuando solo se mira un síntoma aislado, se pierde la visión global.

El estrés oxidativo aparece cuando los sistemas antioxidantes del cuerpo no dan abasto. No suele ser algo agudo, sino crónico y silencioso.
Veo con frecuencia personas muy centradas en tomar antioxidantes, pero que mantienen hábitos que siguen generando radicales libres cada día. Sin corregir la base, los resultados suelen ser limitados.
Algunos de los más habituales son:
El cuerpo es resiliente, pero no infinito.
Aquí es importante ser claros: no se trata de “eliminarlos” por completo, sino de restablecer el equilibrio.
Una dieta rica en verduras, frutas, grasas saludables y alimentos poco procesados aporta antioxidantes naturales que ayudan al organismo a neutralizar radicales libres. En consulta siempre priorizo comida real antes que suplementos.
Dormir mejor, gestionar el estrés y moverse de forma regular tiene un impacto directo. He visto mejoras claras solo con estos cambios, incluso antes de añadir cualquier complemento.
Un intestino inflamado genera más radicales libres. Mejorar la digestión y reducir la inflamación intestinal suele ser un punto clave que muchas veces se pasa por alto.
Algunos de los más frecuentes que veo:
Cuando el enfoque es global y sostenido, los resultados suelen ser mucho más estables.
Los radicales libres en el cuerpo no son el enemigo, pero cuando se descontrolan pueden convertirse en un problema real. Entender cómo se producen, cómo afectan al organismo y qué hábitos ayudan a reducirlos permite actuar de forma más consciente y efectiva.
En mi experiencia, los mayores cambios no vienen de soluciones extremas, sino de pequeños ajustes mantenidos en el tiempo. El equilibrio, casi siempre, está ahí.
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